Idilio en eclosión




Hay historias que no comienzan por amor aparente, comienzan por que las impulsa alguna necesidad inquieta que adormece esperando a la sombra inconsciente de un sentimiento nato, un sentimiento aferrado a cada átomo de un cuerpo en crecimiento y dispuesto a desahogarse a la instintiva puerta del puberto inocente, para que a sus hormonas les aparezca el esperado refugio.
Despierto ya el instinto nada vuelve hacia atrás, los primeros pasos de una emoción que arranca las palabras de la boca para sustituirías con mariposas estomacales, inutilizan para articular una sola frase coherente dando el indicio clave para estar alerta de aquello que aun no sabemos que es, pero nos ataca sin piedad dejando sin defensa la voluntad de decisión por convicción, convirtiéndose en decisión por alusión, siempre complacientes y en ejercicio de benevolencia hacia el sujeto en quien nuestras esperanzas de despojo total de autoestima comienza a absorber esa energía, como el humano logro también con el petróleo, comparación arriesgada pero similar en su experimento hasta lograr la completa expropiación de la entraña de la tierra como ese amor primero tan arraigado al alma.
Que entrega fascinante, como un intenso exorcismo de ideas propias y conveniencias personales que en poco tiempo se sustituirán por el nivel "0" (cero) la completa anulación de todo lo existente dentro del propio ser para implantar definitivamente al sustituto de sus necesidades y carencias, para ensamblar aquel enlace ingenuo con la esperanza que pueda hacerse eterno, para recaer en el mejor experimento inevitable del que nadie escapa jamas ileso del proceso inesperado titulado "noviazgo"