No es mágica la vida sin la muerte






No se puede obligar a una piedra a sangrar, a florecer o a palpitar...
La puedes admirar por su textura, su solidez, su brillo o quizá su forma te erice la piel y a tu visión apasione, pero jamas te envolverá en un acto tierno; no tocara tus fibras más estremecedoras ni corresponderá a los sentimientos que le emitas.
No se puede obligar a una piedra a volar, y aún dejándola rodar por la colina, no se le puede impulsar si se estanca entre maleza y se enmohece en la escampada o se funde a la montaña.
Puedes admirar sus mutaciones u obligar por tu capricho a que se transforme de inmediato y de forma artificial, en algo que su misma naturaleza limitara en monótona figura y con el tiempo inexpresiva y obsoleta.
Por qué será puesta donde exija impetuoso tu deseo, pero exhibirá lo único que a su naturaleza le asiente manifestar.
No se logra arraigar un sentimiento, que no ensambla si no le pertenece, y en la sólida plataforma del refugio resbala de la piedra que no siente.
No se puede pretender una sonrisa, del entorno en efigie atónita e inerte.
No es mágica la vida sin la muerte y aunque ambas no comparten se contemplan.
No se puede obligar al acto noble,
no se puede obligar si se comprende...
No puedes mantener el brillo en una piedra, no puedes pretender que sea espejo, coral o estalactita en estructura ideal a tu inspirada fantasía.
Terminará creyendo que no es piedra, y accederá a mostrar lo que hagas de ella, cuando tus ojos vean lo que vean, el capricho en la piedra será tu lápida y a la vista del mundo seguirá siendo una piedra a rodar.
No se puede obligar a una piedra a amar...