Amoribundo: un vehículo de paz

He muerto de tristeza y he renacido en paz.
Cuando he dejado que me posea el demonio del dolor, se incomoda en mis adentros y huye de mi.
Es que yo nací alegre y un desgraciado día me infecto el común virus del lamento.
Una vez llore tanto que revente los ganglios y sus cuerdas.... Enmudecí.
Pero vino la risa y me burle del silencio sacando del estomago otra voz.
Ya mi cuerpo se puso de mi lado; se sublevó en millones de ocasiones y luego de mirarme, reconocerme, y perdonarme, se enamoro de mi.
Finalmente viajamos siempre juntos y el camino no existe sin los dos.
Este vehículo mío es un encanto, desencajado en estética y antipático feroz de las manías comerciales, extenuó su insistencia frente al monstruo de gustos y se adaptó.
Hoy vestimos colores a la usanza pero ya es lo de menos tras la esencia que nos ve desfilando con tesón.
Si fuimos enemigos, lo he olvidado.
Un día gris la maldad se suicido; le dimos la correcta sepultura y mi paz que angustiada se oprimía, después de ese sepelio se sanó.
No se cuantos viajamos la odisea.
Reconozco con júbilo el perdón, que se instaló después de la pelea cuando el pasado infame se esfumó.
También viaja conmigo la firmeza y la confianza en estrecha relación, que afianzaron luchando contra el ego mezquino que ulceró al autoestima cuando del egoísmo se aferró.
Esta carroza es traslado hacia una fiesta aunque en ella al sepulcro llegare.
Mejor que la disfrute con vehemencia si en el trayecto y tiempo hay mas ausentes que reprimieron sus ansías por la triste promesa de volver.
Me rindo ante el recuerdo y la experiencia, cediéndoles espacio en un baúl, por que el mismo recuento de memorias me ofrecen el poder de la lección.
Como vagón del tren de la locura, le he pagado feliz este trayecto, pues le confío más que a la cordura con su amargo formal temperamento.
Aquí en paz susurrando cierro el ciclo de la bendita historia en extinción, dejándole clarito a mi presente que posee por completo mi atención.