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Mi problema es no fingir lo que no soy, es vivir sin esperar la aprobación de nadie, es rendirme a la vibración de mi esqueleto cuando se siente pleno, y reírme si el desahogo se vació de lagrimas dejando las carcajadas como la opción más relajante.
Mi problema es no ver problema, por vivir la solución en una actitud serena que a los demás les pudiera parecer despreocupada, sin embargo mi trabajo es interior no exhibicionista.
Ya en la adolescencia me dio por exhibir mis emociones y resultó que nadie en el entorno estaba listo para esa clase de libertad emocional y el honrar la paz de su alma no era tan importante como acallar cualquier murmullo externo.
Mi problema social es que realmente la sociedad es para mí como mis zapatos, si no me calzan no me los pongo por qué no soy mártir de la apariencia ni veo necesaria la travesía en tinieblas cuando puedo hacer conexión de luz directa con la tierra bajo mis pies.
Mi problema es que no lo veo.
Mi problema es que no lo vivo.
Mi problema es que no lo sufro y por eso no me quejo como se quejan del viento los que no conocen a quienes sufren de claustro y por lo tanto no aprecian al viento por qué están extasiados de odio.
Mi verdadero problema es haberme estancado en el nacimiento, que era la máxima expresión del placer y la libertad sin prejuicios y miedos, entonces el desacuerdo hacia la rigurosa esclavitud de pensamiento que limita cada etapa de la existencia me ha colocado en el sitio del descontento colectivo; Mi falta de disciplina, mi renuencia a la costumbre, mi rechazo al conformismo monopolizado de la lengua, el conocimiento limitado y la manipulación reglamentaria me estereotipan en el porcentaje de inadaptados sociales.
Mi problema es que soy feliz en ese porcentaje.