Cuentos para suicidas.

Lo mejor que pudo pasar fue la lluvia, así se confundió cada lágrima entre gotas y cada trueno ahogó los gritos desesperados de mi espíritu harto de soportar la física de mi edad.

Ada: -Eres mi mejor amiga, puedes confiar en mí.- sin embargo mirándola a la cara no podía dejar de desear que estuviera muerta, que dejara de mentir frente a mis ojos y se volviera el reptil que yo deseaba pisotear con la saña de mis acumulados resentimientos.

¡Gracias!-Le dije apretándole las manos en seña más que de fraternidad, de contención.

Ada: - Pronto lo vas a olvidar, él no te merece.- Y volví a sentir una fiera atrapada en mi estomago a punto de soltar el zarpazo contra toda esa cara llena de cinismo hablándome dulcemente.
 No me duele él - Le dije - y la abrace con fuerza queriendo hacer de sus huesos polvo entre mis brazos.
Corrí... di la vuelta y salí corriendo con el pretexto de guarecerme pronto de la lluvia. Le dije adiós a una historia de amor, una donde las células no habían escogido por qué había escogido yo; una hermandad que maldijo desde su principio el resto de mis siguientes relaciones sociales y sin embargo la defendí siempre como lo único real que me pertenecía, mi voluntad, por que yo la elegí.
Y sucede que la realidad te enfrenta a un espejo cósmico en el que todo cuanto te rodea, tiene tal exactitud con tus vivencias, los conflictos, los atajos, las oportunidades y las emociones son canales en el fluir de la realidad ¿hacia dónde enfocarte en medio del caos? 
Queriendo huir regrese a casa, sintiendo literalmente la zozobra de un perro cuando mete la cola entre las patas; que enervante sensación. 


Helen: - ¿Le preguntaste? - Exclamaba sacudiéndome insistente por toda la rabia con que me vio partir antes. 
No...- Le dije con fastidio. Después de todo que ganaba yo sacando una imagen diabólica de alguien que había santificado tanto.  
Helen: - ¡Debes estar bromeando, tienes todas las pruebas para tirarle la máscara ¿Qué estabas pensando?- 
Verdaderamente no estaba pensando, estaba sintiendo. 
Me metí en mis propios pensamientos y deje de escuchar el sermón capital que rezaba mi prima con toda vehemencia, me deje caer en el sillón junto a la puerta y sentí como el corazón me bombeaba aceleradamente precipitando la sangre en mi cabeza, todo punzaba, todo corría, todo se colapsaba en forma de adrenalina que entre el sudor y la ropa mojada por la lluvia confundían por suerte las lágrimas que me exprimían el dolor.

Quería entender a mi estomago sin incluir a mi cabeza. Tome tiempo, días, y a casi un mes seguía reteniendo ideas inconclusas incoherentes y ruidosas.
¿Como sanar una emoción tan infiltrada entre los huesos?
Había pasado por todo en esos largos años de confidencialidad y la principal testigo había utilizado el principio básico de la ley sobre la delincuencia: -"aquello que dije había sido utilizado en mi contra"- y desarmando mis estrategias había reforzado las suyas despojándome de todo lo que le interesaba de mis posesiones materiales y sentimentales. 
Volví a comprar ciertas cosas que perdí, volví a construir ciertas relaciones fracturadas a causa de haberla elegido con prioridad, pero las emociones involucradas y los sentimientos rotos, esos no conseguí reconstruirlos fácilmente.
La vida no me hacía sentido.
   Dr: - ¿Puedes explicarme esto que sientes?  
Y yo no podía hablar, el dolor había paralizado mis intestinos y apenas me dejaba respira. 
 Dr: - Voy a inyectar pero será suave y dolorosamente, si te mueves deberemos repetir el proceso así que intenta respirar y sostener el dolor con esta almohada entre los dientes.
Ahí estaba yo, un año más tarde muriendo de una gastroparesia deseando no haber consumido tantos alimentos nocivos estancados justo en el momento menos indicado dentro de mis intestinos. Gritaba mentalmente mientras gemía como una vaca a punto de parir una cría. 
No tenía ni la edad ni las características para hundirme precipitadamente en el pantano de las condiciones físicas en las que comenzaba a sumergirse mi cuerpo. 
¿Quién se instaló dentro de mi? No reconocía ninguno de mis pensamientos, no podía saber si era genuinamente yo quien estaba eligiendo odiarlo todo incluido mi cuerpo.
La traición había dejado de ser una ingenua palabra novelesca en mi subconsciente para empantanar cada uno de mis felices pensamientos dejando a flote solo aquellos de resentimiento como escudo protector del alcance afectivo. 
¿Por que estamos desconectados...-Pensaba de forma impotente- por qué?
La necedad y el miedo anteceden todas las relaciones, poniendo sentimientos tóxicos de por medio cómo la dependencia, la prepotencia y la manipulación.
Es que aunque podía desde ese espacio elegir no mirar lo que no me gusta, no conversar lo que no me interesa, no rodearme de energías absorbentes y todos esos ejercicios que me exponían a una intoxicación emocional dejándome al exilio de la existencia, al desánimo y la incongruencia, a la soledad absoluta donde solo quedaba mi ilusión con insolencia; respirar me estaba dando pereza.
Salí del hospital adormecida del cuerpo pero despierta en percepciones. Me habían calmado la molestia intestinal pero sin sentir el cuerpo me aferraba cada vez más al dolor del espíritu, que como un holograma impregnado de deseo buscaba justificar la ansiedad suicida. 
El mundo me parecía en cualquier enfoque impregnado de odio, de guerra, literal guerra biológica, química y en todo ámbito la atmósfera me abrazaba en su hoguera desde los cinco sentidos haciéndome sentir secuestrada dentro del mismo planeta tierra.
La sociedad según mi visión momentánea era aterradora; en revistas, televisión y en todo medio a mi alcance me revivía potencialmente la hostilidad, apatía, indiferencia, negligencia, ignorancia, arrogancia, rivalidad, autoritarismo, perversión, egoísmo, poder; escoge tu (pensaba para mis adentros) entre todos los artilugios de desenvolvimiento que estamos instruidos a desarrollar para interactuar como supervivientes de esta descarnada selva donde somos el experimento más macabro del desarrollo intelectual.
Llegue a la farmacéutica con prescripción en mano tratando de relajar mi paranoia y solo conseguí imaginar cuánto en esa galería aprisionaba los sentidos de cada paciente para evadir los gritos de auxilio de nuestros cuerpos en relación al alma. Callar síntomas básicos para llevar a la salud al abismo de las consecuencias inevitables, anestesiar tempranas molestias aletargando indicios de enfermedades graves creadas por una insignificante emoción.    
Vi claramente entre los estantes los experimentos como asesinatos a toda clase de vida paralela a la humanidad para lograr cada fórmula, manifestando superioridad con la excusa prepotente de la evolución y la supervivencia como pretextos perfectos para confundir y abusar de forma arbitraria del regalo de nuestra capacidad intelectual con el desarrollo de la comunicación. 
¿De qué diablos nos servía haber desarrollado el talento de la comunicación?- pensaba con fiereza- si finalmente entre más hablamos más nos confundimos que más valdría habernos quedado bestias, así tendría sentido cada despiadada interacción. 
Tendríamos tanto que aprender de la lealtad de los animales y por el contrario los tratamos ventajosamente con crueldad poniéndonos en posición más irracional que ellos con noble instinto, rechazando reconocer que son seres de alma libre aprisionándolos en cautiverio, consumo y domesticación según nuestro apetito. 
En mi cabeza no había pensamientos menos despiadados haciéndome la imagen perturbadora de que somos la especie más peligrosa jamás imaginada al principio de la creación. 
Somos sinónimo de destrucción -pensaba agobiada- después de haber construido tanto, hemos transformado este paraíso en una basura.
Y ya está - me auto sermoneaba con descontento- confirmado desde mi desencanto anímico: Nadie se suicida por casualidad, después de todo esto ¡y como no! (me afirmaba convencida) si no puedes salir huyendo de un planeta con sofocantes habitantes pues por lo menos escapas del cuerpo que te retiene girando en torno a él.
En sincronía con las manecillas del reloj seguí un paso tras otro casi huyendo pero sin ningún destino aparente, deseando que la realidad ruidosa que me rodeaba desapareciera fugaz a mis espaldas y de alguna forma silenciara por fin las historias venenosas que se expandían rápidamente dentro de mi. 
Me topé entre los comercios de las calles para mi desgracia con todas aquellas imágenes reforzando mi amargura, animales en venta, ancianos intentando comerciar con la competitividad de los grandes establecimientos, niños harapientos ofreciéndose a oficios a cambio de una moneda o sobras de comida y apresure la marcha para perderme pronto con la distancia.  
Llegue a la calma de un pasillo entre árboles que presidían la entrada de una iglesia. Me relajé.
Recibí con agradecimiento un estremecimiento entre el silencio limitado al canto de las aves y los pasos de las ardillas jugando entre las ramas. Me dispuse a sentarme en el borde de un rodete de jardinera y suspire; el aire profundo que entro por mis pulmones intoxicados de miedo salió con la misma prisa que mi desconcierto al percibir una extraña presencia justo a mis espaldas. El susto por instinto me había girado el cuerpo y fue exacto la reacción del chico que me miraba con los ojos rozados de haber llorado el doble que yo todo ese año entero. 
No quise asustarte- le argumente tímidamente.Pensé que estaba solo, realmente no te sentí venir- contesto en voz bajita- puedes quedarte, este sitio es perfecto si quieres llorar.
Sonreí por impulso y me encogí de hombros inventándome automáticamente una historia de estar esperando a alguien, y recobre de inmediato la seguridad por haber encontrado esa excusa perfecta.
Muy bien- me dijo el chico poniéndose de pie- de cualquier forma ya me iba yo.
Me sentí conmovida por su evidente imagen desencajada y frágil, tenía unos jeans deslavados oscuros mismo color de la sudadera que parecía dos tallas más grande para su diminuto cuerpo, percibí un sentimiento similar al mío o, por lo menos, la vibración de alguien que está colapsado en pesadumbre como la que me había arrastrado a ese lugar a mi, así que le invite suplicante a hacerme compañía mientras esperaba a mi ficticia cita.
Cayó con desgano justo a donde había estado sentado pero con el cuerpo a medio girar hacia mi, juntando las manos entre sus piernas jugueteando nervioso chocando sus dedos y haciendo aros entrelazados entre ellos. 
Disculpa si me he entrometido, no he querido cortar tu meditación- le dije fingiendo no haberme percatado de sus lágrimas- vengo un poco distraída en mis pensamientos por eso no te vi.                                                                                                                        He salido de confesarme- comentó preguntándome enseguida - ¿alguna vez te has confesado ?
No quería herir sus sentimientos provocando más incomodidad en el curioso encuentro, pero tampoco podía contestarle con más mentiras, yo no había entrado a una iglesia por voluntad desde mi primera comunión. 
Si- respondí con pesadumbre- le he contado todos mis pecados a alguien que no ha sabido respetar mi secreto, por el contrario me traicionó.
El chico no pareció inmutarse; por su actitud imaginé que esperaba una respuesta acorde a sus circunstancias por que siguió comentando: 
El padre de esa iglesia me ha dicho que merezco perfectamente la penitencia que me ha impuesto la vida, y me ha mandado a advertir mi condición por honestidad con el mundo y a servir a los demás hasta el día de mi muerte para disipar un poco mi pecado...- y dicho eso enmudecimos los dos por un instante.
 ¿Qué podría opinar yo desconociéndolo todo con respecto a las normas de esa iglesia y mucho más a las razones de ese cura.
¿Tú estás seguro de haber hablado con el sacerdote?- pregunte con intriga por qué el sentido común me motivaba a creer que era un mal entendido- quizá alguien lo ha reemplazado por travesura. 
 Ha sido él y no tengo duda-continuó- vengo desde la infancia a esta misma iglesia y le conozco bien la voz.
 Los sacerdotes también son personas con problemas como tú y como yo y es de humanos errar- argüí tratando de dulcificar su experiencia- tal vez su edad, su salud o quizá hasta su estado de ánimo lo indujeron a emitir semejante "condena".   
Condena es la palabra correcta- acentuó el chico- he servido fiel a esta comunidad con la devoción de algún día pertenecer al cielo a pesar de todo y hoy he terminado expulsado sin piedad.
Habiendo apenas podido terminar de articular esa frase estalló en llanto con el amargo dolor de un herido de guerra en pleno campo de batalla. Alguien que evidentemente ha sido blanco, herido y vencido por un enemigo que espera con la obvia saña contrincante verlo sufrir sin remedio hasta su último suspiro.
¿No entiendo cómo te ha podido tratar así?- pensé en voz alta mirando por inercia hacia el edificio- creí que ahí dentro solo se respiraba armonía y se demostraba compasión. 
...para la gente normal- me refutó atribulado. 
¿Y qué es  para ti la gente normal?- le pregunte de inmediato con la intuición de algo irracional y pre-juicioso de tras fondo. 
¿Es que no lo has visto...- vociferó enojado- tú crees que somos fáciles de ocultar?
Era muy frágil y eso era claro, su lacerante herida le transportaba con sus palabras a un mundo paralelo en el que todo le causaba daño profundo y yo, como simple espectador me encontraba abrupta y sarcásticamente observando mi propia imagen de unos instantes atrás como en un radiante y vivo espejo.
Ahí estaba mi incongruencia al salir de aquella sala de emergencias con una prescripción médica que me expulsaba de la zona de sentimientos reales.
Sus facciones eran las mías, su frustración y abatimiento me habían atraído como un imán para gráfica respuesta a mis preguntas necias.
¿Te ha echado por prejuicios? - le dije con curiosidad- por que si ha sido así debes estar feliz en vez de triste - le asegure- el cielo no es un monopolio y ese edificio es una prisión de miedo bajo, no entiendo yo que condiciones y reglas ¿para que desearías ser aceptado ahí?
 Entonces y como autómata reaccionó mirándome profundamente.
Esa es la casa de Dios- dijo recriminando mi conclusión- y yo soy VIH positivo ¿cómo puedo esperar que me perdonen? 
No supe a quien rogarle iluminación o reclamar en ese instante la cadena de tabúes opresivos; ese pequeño ser lleno de terror estaba frente a mi despojándose del poco amor por si mismo para justificar como sagrada una institución que le había impregnado culpa y rechazó a si mismo.
¿Por que era tan cruel el juego de la coexistencia y más enredado que el teléfono descompuesto de los juegos de la infancia?
Comprendí con alivio mi rebeldía y el sentido de mi curiosa exploración desenfrenada casi "inmoral" a los ojos colectivos que me había entrenado para el mundo real y ver así con inclusión y sin rechazo toda situación y expresión de vida. 
Interpreté mi miedo al abandono cuando vi su terror al despojo de sus ideales.
Ese cielo por el que Él había retraído su personalidad y el cielo que yo creí perder en mi infierno emocional no eran más que el mismo cúmulo de ilusiones que nos despojaban de la coherencia por ignorancia de disfrutar nuestra propia plenitud sin intermediarios.
Y aceptando que nada sería perfecto a mis ideas pero sería perfecto a las necesidades de la armonía con que debe fluir la atmósfera que me rodea, le tome de las manos y le atraje a mi pecho.
Yo también quiero entender a mi espíritu sin que me estorbe el cuerpo- le dije con compasión queriéndole contagiar amor o inyectarle una dosis de autoestima- ¿No te das cuenta que no necesitas intermediarios para estar en armonía con Dios?...
Más delicada y rota no pudo ser su reacción, se descargo la tempestad sobre sus ojos hasta expulsar el ultimo destello de energía negativa fuera de su materia.
Este cuerpo humano es tan efímero y que poco sabe de lo etéreo. Yo no estaba frente a un muchacho defectuoso, pecador o enfermo a juicio social, estaba frente a mi misma, frente a los incoherentes miedos colectivos y las debilidades carnales que nos limitan la experiencia trascendental de la conciencia. 
Olvida las historias que te han dicho -le supliqué- olvida la tragedia que has observado en un crucifijo mal interpretado, olvida el miedo impregnado, olvida la palabra muerte.Siente el viento, en él viaja la esencia de tus antepasados, de los míos, en él viajan las cenizas, átomos y partículas, en él nos abraza la energía sabia de los que se han transformado de cuerpos humanos a la esencia misma del universo sin límites, una sabia forma del Ser, una alquimia que infunde vida eterna... 
Siento la vida - me dijo en tono de angustia- no quiero morir, siento con todo mi ser que todo es vida. 
Hoy soltaste una ilusión - le dije como si al hablar y a través de él refrendará mi convicción a superar mi propia disyuntiva- Hoy podemos haber perdido un deseo, y al perderle ha sido solo un capricho ¡no la esencia de la vida! 
Yo amo lo que soy desde mi infancia- me aseguró con desahogo- siempre y donde sea que me encontraba todo se llenaban los espacios de alegría y de vida. Aún viviendo la sombra del silencio y el miedo he disfrutado ser parte de lo que me rodea, aunque no encajara allí y... aunque muera pronto. 
Chiquillo tonto - le sentencie- tú mismo lo has manifestado ¡No hay tal cosa llamada muerte, todo es vida!
El instinto es el gran maestro en la confusión.
En cada momento decisivo generamos esa chispa que late en nuestro interior mostrándonos lo que sincroniza con nuestro ser y lo que no.
Esa sabiduría ancestral viene conectada desde nuestra raíz estomacal hasta la psique. 
Si duele y molesta quizá debemos replantear cualquier posibilidad, y elegir un camino que se conecte a nuestra armonía para continuar evolucionando.
La libertad es un derecho natural e individual de cada ser.
Si la sensación es de paz tenemos la respuesta.
Desde aquí y desde hoy atenderé mi viaje conscientemente- suspiró- ¡Todo es vida!