22.9.22

Y me rendí



 Esta que se manifiesta como soledad interna, y que con muchas lágrimas comprendí que no se iría para ningún lado, comienza realmente a mostrarme su verdadero propósito dentro mío.

Estar completamente rodeada de gente y sentir una soledad extrema para mi no es una frase cliché de publicaciones de red, es real.

Tan real que si mis pensamientos volvieran a su estado débil y auto flagelante, caería nuevamente en los gritos ahogados de regadera y las sabanas amordazando mi llanto de insomnio en la madrugada. 

Todo eso que viví repitiéndome una y otra vez lo miserable que estaba siendo en toda mi estructura desde adentro hacia afuera era el ambiente que me creía y me creaba.


Cero confianza a contar con claridad mis emociones y al calor del alcohol pfff explosión total de sentimiento y discursos de los que solo recuerdo el ridículo y la culpa del siguiente día.

Una soledad tan arraigada a mis huesos en los que no cabía el amor o la compasión de nadie, ni siquiera de mis mascotas que no hacían más que demostrarme su infranqueable paciencia y ternura.

Pero elegía la soledad a pesar de todo, no había interés de mi parte hacia ninguna conversación genuina, en la mayoría de las sobremesas requería toda mi intención en crear una cara de ligero disfrute y alguna que otra frase empatica a para ser parte de, y no parecer todo el tiempo evasiva, aunque a penas tenía oportunidad alejarme era vital a mis emociones, la distancia y la soledad era mi zona de emergencia y la única segura, era mi absoluta zona de “cierto confort” 

Ya la vida social misma me había puesto a elegir, y no deseaba estar cerca de nadie pasivo agresivo, chantajista, manipulador o con profundas tendencias tóxicas, por que manejar mis propios dilemas al respecto eran suficientes, y así fuese familia cercana, distante, amigos o compañeros de trabajo, una vez delineando la impresión que me causaban al respecto, podía dejarles sin culpa en el baúl de la indiferencia. 

Algún día me sentí desahogada y aliviada de que las redes sociales estuvieran abriendo un portal a otro mundo lleno de otras opciones, como si al ingresar online abriera una puerta al jardín trasero y pudiera encontrar escaparates con quizá sorpresas interesantes en ese lapso de tiempo. Así conseguí pocas pero genuinas amistades que conservo hasta el día de hoy, sin embargo, y a pesar del cariño prevaleciente, no deje nunca de sentir ese vacío y oscuridad al desconectarme.

Una de las consecuencias de agregar a diestra y siniestra en un principio conocidos y prospectos por conocer fue, la avalancha de comentarios y opiniones fuera de lugar que sin más tacto sacaban de contexto cualquier publicación como si fuera un palco de juicio, eso me había hecho huir de la vida misma y ahora de las redes sociales, hasta que descubrí, al dejar de seguir a los más intensos personajes y seguir o agregar páginas más inspiradoras y entusiastas, que eso mismo aplicaba a la realidad tangible, un ejercicio poderoso fue dejar de seguir conversaciones, personas, actitudes, intenciones, vibraciones y lugares tóxicos.


Muchas de estas páginas eran obviamente creadas por mujeres que sin duda buscaban exactamente lo mismo que yo, un poco de compañía afín o por fin pertenecer a un círculo de confianza en el cual poder emitir toda clase de desahogo con la esperanza de réplicas de guía y por que no empatía en cierta forma.

Pero el círculo vicioso y la densidad emocional, terminaba estancando las redes en la misma bruma.


Que tristeza, todas ellas igual o más confundidas en su propio nivel huracanado de traumas, emociones y experiencias que más que llenar mis vacíos comenzaban a agigantar mis espasmos de estrés, insomnio y depresión, y ya había renunciado a los medicamentos de alopatía para tratarme, y mis nuevas expectativas en la medicina alternativa (homeopatía, herbolaria, Ayurveda, etc) prometían muchísimo pero además de la voluntad y disciplina, requería tiempo, tiempo que me estaba siendo internamente eterno.


Las “chicas que corren con lobos” por mencionar uno de estos grupos de mi actualización de red frecuente, eran mi espejo absolutamente, ellas cuentan, preguntan y consultan con gritos desesperados el ¿Por que me pasa esto?

¿Por que soy tan dependiente?

¿Por que soy manipulable por mis más cercanos?

¿Por que no olvidó, por que me aferro, por que por que por que? 

Ellas se quejan, explican y gritan, ellas soy yo.

Todos esos textos que al leerlos yo misma los traducía como una abismal forma de auto flagelación.

¿Por que nos odiamos tanto? 


Unas amaban tanto a sus padres que solo vivían para servirles como pagándoles el hecho de haberles traído a esta vida.

Otras relacionadas a hombres que brincaban de la esposa a la amante como en carrusel de feria.

Otras chicas con desórdenes alimenticios rodeadas de mujeres tóxicas imposibles de llamar “amigas” o “hermanas” haciéndolas volcar sus traumas en contra de sus propios cuerpos. 

Mujeres mayores que a la edad le agradecen poco o nada, como si haber recorrido toda una vida de experiencias no amerizara ninguna lección aprendida, por el contrario, mucha desilusión y nostalgia.

Casadas que odiaban su estatus, solteras agobiadas por lo que ellas llamaban “fracaso” otras metidas no en un closet pero en un túnel como si sus familias las fueran a castigar tipo cruzadas, y las que que rehusan ser madres por eso huyen al compromiso incluso hasta tener una mascota por cuestiones de apego.

Todas ellas y sus historias llenas de un común denominador: MIEDO

Miedo enfocado a distintas cosas pero muchísimo MIEDO disfrazado de expresiones como el odio, la melancolía, la zozobra, la depresión; todos los tentáculos del miedo paralizándolas... 

paralizándome.


Las  leía y podía comprender un poco mi retórica, mis cuentos personales disculpando mis limitaciones mentales, justificando mis perezas emocionales sin disposición a sanar, llenándome de medicamento que cada que lo tragaba, tragaba con el mis ganas de huir en vez de enfrentar.

 

¿Por que las mujeres nos odiamos tanto?


Nuestras abuelas hablaban con la mirada y así podías enterarte de su requerimiento: ¡Siéntate, Cállate, Come, duerme, vete! 

Esas actitudes aprendidas de las tatarabuelas que decían que la letra con sangre entra, y a las que las mamás trataron de honrar dejándoles maltratar a sus propios primogénitos en el afán de “educarlos” para ser dignos de pertenecer a la familia de bien, que se habían esforzado pretenciosamente generación tras generación.


La única cosa que omitieron advertir, fue que las mujeres habían por siglos sido amedrentadas en su condición frágil y de ellas han nacido enormes revoluciones que lenta pero absolutamente han transformado al mundo patriarcal en uno locamente igualitario.


Entonces, es lógico que cada árbol genealógico muy a pesar de nuestro apego por las raíces, de a luz de vez en cuando, una oveja multicolor, con ansias de romper eslabones y explorar el universo.

Otras mujeres, otro calibre, las pocas pero concretas y dispuestas, aunque muchas de ellas, desterradas, expulsadas y pagando el precio de su motor de arranque hacia la novedad, la creación y revolución.

Pocas y anteriores a estas, exiliadas, en otro común denominador, el talón de Aquiles, la piedra angular: la Soledad.


Solas luchando internamente, solas luchando en un propósito, solas rompiendo moldes, solas superando miedos.


Es aquí donde despierto de forma abrupta:

¿Cuál es el miedo a la soledad?

Es ella la luz al final del túnel tras cada uno de estos brotes sofocantes de emociones

¿Es la soledad la que nos espera y nos abraza, y en vez de acogerla y apreciarla, le lloramos para desterrarla? 



No hay nadie al final de un día espantoso, o de uno lleno de alegrías; Es la soledad dispuesta a enfrentar el recuento de los daños, la magia de la recuperación del espíritu, recobrando el aliento y las energías.

¿Puedes sentarte frente al espejo y decirte la verdad? 

A donde sea que cuentes tus historias y con quien sea que hayas logrado conversar, tienen sus “consejos y opiniones” según les indique su impresión, lección y cronología de vida, pero nadie honestamente se pondrá de pie sobre tus anhelos y sentimientos reales como tu propia soledad, ella será nítida, cristalina, llena de las respuestas que todo tu ser necesita según su propia estructura, su esqueleto, su sangre y órganos internos que son única y absolutamente tuyos y no se parecen a los de nadie más, por eso necesitan esa reparación, ese rescate y reconocimiento que solamente te iluminará en absoluta SOLEDAD.


La compañía del silencio y las peguntas reflexivas son un antídoto de éxito. 

Las respuestas que necesitas son tuyas, de nadie más. 

¡MÍAS Y DE NADIE MÁS!

Esa lista de preguntas que nadie más podrá resolver, vienen de las entrañas por que las vives, las vibras.

En cualquier circunstancia por enfrentar hay cosas que te dices de forma íntima, como:

¿Que diablos hago aquí?

¿Por que soportó a este individuo?

¿Que me importa lo que piensen, como me miren o sus opiniones?

¿Alguno de ellos vivirá por mi, morirá por mi?

¿Me recordarán siquiera cuando perezca? 


Es decir, nadie vive en mi carne, traga mis sensaciones, escucha mi cerebro y sus ocurrentes pensamientos o percibe como a veces me cimbra el cuerpo.

Nadie vive por mi, y aun los que juzgan (por “amor”) a la ligera, son seres de paso.

Ni siquiera algunos de ellos recordarán episodios que me marcaron, por que para ellos fue un simple día más en la rutina, aunque para mi ese momento haya sido crucial para el  camino por recorrer.

Al final, reconciliándome por fin conmigo (por tantos años) de subestimar mi soledad, puedo entender que es en ella en la que cobije mis angustias, abrigue mis esperanzas y recobre la entereza y el empeño para disfrutar de este edificante y apacible encuentro entre mi esencia y yo.